Ancianos al combate (Venezuela) y novatos al poder (Bolivia): el absurdo latinoamericano
No se trata de desear una confrontación bélica
entre Estados Unidos y Venezuela; sin embargo, esta estrategia de Maduro, lejos
de fortalecer la defensa nacional, revela la precariedad y debilidad del
aparato militar venezolano. ¿Acaso no resulta contradictorio y alarmante que un
gobierno recurra a los sectores más vulnerables de la población —amas de casa y ancianos— para enfrentar un desafío de esta
magnitud? Lo único que hace es exponer a su gente a riesgos para los cuales no
están preparados ni deberían estarlo.
Este es, en definitiva, uno de los grandes
absurdos latinoamericanos. Y Bolivia, lejos de estar al margen de tales
contradicciones, también se encuentra atrapada en su propio laberinto. A diferencia
de Venezuela, que enfrenta tensiones externas, Bolivia atraviesa una profunda
crisis interna marcada por la escasez de dólares, la falta de combustibles y el
alza constante de la inflación (Americas Quarterly, 2025); en síntesis, un escenario cargado de
incertidumbre política y económica.
Evidentemente, ante semejante escenario, lo que el
país necesita con urgencia son representantes capacitados, con formación y
experiencia en gestión pública, capaces de encaminar al Estado hacia soluciones
reales.
Sin embargo, la respuesta ciudadana parece ir en
dirección contraria: elegir a una joven de apenas 18 años, sin experiencia
alguna en la administración del Estado, como diputada plurinominal suplente por
la alianza Unidad en Santa Cruz (Abya Yala, 2025).
En efecto, que los jóvenes participen en la
gestión pública es necesario e incluso urgente, pero se requiere de jóvenes
formados, preparados y conscientes de la magnitud del cargo. Lo contrario no es
renovación política, sino un gesto de irresponsabilidad colectiva que
trivializa la representación democrática en uno de los momentos más delicados
para el país. Es, claramente, un absurdo latinoamericano, del que luego nos
lamentamos cada vez que la gestión pública fracasa.
Son miles los jóvenes profesionales que, tras
años de sacrificio, desvelos y dedicación en las universidades, hoy engrosan
las filas del desempleo, con una tasa que alcanza el 3,1% según el INE (El Deber, 2025).
Médicos, abogados, ingenieros, politólogos, todos luchando por una oportunidad
que nunca llega. Y, paradójicamente, en medio de esa realidad, basta con tener
18 años, una alianza política de respaldo y ninguna experiencia para ocupar un
puesto de representación nacional. Todo ese esfuerzo académico parece quedar
reducido a nada, mientras la política abre espacio no al mérito ni a la
preparación, sino a la improvisación.
Resulta paradójico que, para acceder a un simple puesto en una institución pública o privada, se exija un mínimo de dos años de experiencia laboral y un currículum sólido; sin embargo, para representar a todo un país en la Asamblea Legislativa, no necesitas nada de eso. Esta incoherencia no solo desnuda la falta de seriedad con que se asumen las responsabilidades estatales, sino que también degrada la representación política. Estos espacios en el gobierno no están, como algunos dicen, para “aprender en el camino”; están para tomar decisiones complejas, diseñar leyes que afectan a millones de ciudadanos y enfrentar crisis que requieren conocimiento, preparación y criterio. Lo contrario es jugar con el destino de un país entero como si se tratara de un experimento improvisado.


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