Ancianos al combate (Venezuela) y novatos al poder (Bolivia): el absurdo latinoamericano


 Franklin Aspety

En el marco de la creciente tensión con Estados Unidos, que ha desplegado buques, contingentes militares e incluso un submarino nuclear en el Caribe bajo el argumento de combatir el narcotráfico y sus supuestos vínculos con altos funcionarios del gobierno venezolano, Nicolás Maduro calificó esta acción como una “amenaza extravagante, inmoral y sangrienta” (El país, 2025). Como respuesta, anunció la “máxima preparación” en Venezuela, lo que en la práctica se traduce en un polémico reclutamiento de amas de casa y ancianos pensionados (LAFM, 2025)

No se trata de desear una confrontación bélica entre Estados Unidos y Venezuela; sin embargo, esta estrategia de Maduro, lejos de fortalecer la defensa nacional, revela la precariedad y debilidad del aparato militar venezolano. ¿Acaso no resulta contradictorio y alarmante que un gobierno recurra a los sectores más vulnerables de la población —amas de casa y ancianos— para enfrentar un desafío de esta magnitud? Lo único que hace es exponer a su gente a riesgos para los cuales no están preparados ni deberían estarlo.

Este es, en definitiva, uno de los grandes absurdos latinoamericanos. Y Bolivia, lejos de estar al margen de tales contradicciones, también se encuentra atrapada en su propio laberinto. A diferencia de Venezuela, que enfrenta tensiones externas, Bolivia atraviesa una profunda crisis interna marcada por la escasez de dólares, la falta de combustibles y el alza constante de la inflación (Americas Quarterly, 2025); en síntesis, un escenario cargado de incertidumbre política y económica.

Evidentemente, ante semejante escenario, lo que el país necesita con urgencia son representantes capacitados, con formación y experiencia en gestión pública, capaces de encaminar al Estado hacia soluciones reales.

Sin embargo, la respuesta ciudadana parece ir en dirección contraria: elegir a una joven de apenas 18 años, sin experiencia alguna en la administración del Estado, como diputada plurinominal suplente por la alianza Unidad en Santa Cruz (Abya Yala, 2025).

En efecto, que los jóvenes participen en la gestión pública es necesario e incluso urgente, pero se requiere de jóvenes formados, preparados y conscientes de la magnitud del cargo. Lo contrario no es renovación política, sino un gesto de irresponsabilidad colectiva que trivializa la representación democrática en uno de los momentos más delicados para el país. Es, claramente, un absurdo latinoamericano, del que luego nos lamentamos cada vez que la gestión pública fracasa.

Son miles los jóvenes profesionales que, tras años de sacrificio, desvelos y dedicación en las universidades, hoy engrosan las filas del desempleo, con una tasa que alcanza el 3,1% según el INE (El Deber, 2025). Médicos, abogados, ingenieros, politólogos, todos luchando por una oportunidad que nunca llega. Y, paradójicamente, en medio de esa realidad, basta con tener 18 años, una alianza política de respaldo y ninguna experiencia para ocupar un puesto de representación nacional. Todo ese esfuerzo académico parece quedar reducido a nada, mientras la política abre espacio no al mérito ni a la preparación, sino a la improvisación.

Resulta paradójico que, para acceder a un simple puesto en una institución pública o privada, se exija un mínimo de dos años de experiencia laboral y un currículum sólido; sin embargo, para representar a todo un país en la Asamblea Legislativa, no necesitas nada de eso. Esta incoherencia no solo desnuda la falta de seriedad con que se asumen las responsabilidades estatales, sino que también degrada la representación política. Estos espacios en el gobierno no están, como algunos dicen, para “aprender en el camino”; están para tomar decisiones complejas, diseñar leyes que afectan a millones de ciudadanos y enfrentar crisis que requieren conocimiento, preparación y criterio. Lo contrario es jugar con el destino de un país entero como si se tratara de un experimento improvisado.    


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